Miércoles 17: No me puedo dormir  

2/17/2010


A Joaquín...

El gran malabarista de palabras,

el alquimista que las mezcla,

las posee, las trueca, y lanza,

Como puñales, caricias, cachetadas

Para terminar el despliegue

con una reverencia atenta

quitando su sombrero

Con la sonrisa satisfecha

de quien se sabe domador entre leones

Tejedor de tramas urdidas

telarañas invisibles de historias,

miles de ellas,

llenando el espacio,ausencias y corazones.

Cuando esta noche tu figura se recorte

y todos repitan como letanía tus canciones

Cuando el viento multiplique el sonido de tu voz

aullando a la luna, destilando melancolía

Algo habrá cambiado.

Y me alegra ser testigo.

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Amor  

2/14/2010

Muchas clases de amor, como personas, como historias, como maneras de relacionarse.

Es tan difícil encontrar el que nos hace bien...



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Hay amores  

2/12/2010









“Cuando ya no quedó nada que comer en los platos, el capitán se limpió con la esquina del mantel, y habló en una jerga procaz que acabó de una vez con el prestigio del buen decir de los capitanes del río. Pues no habló por ellos ni por nadie, sino tratando de ponerse de acuerdo con su propia rabia. Su conclusión, al cabo de una ristra de imporperios bárbaros, fue que no encontraba cómo salir del embrollo en que se había metido con la bandera del cólera.

Florentino Ariza lo escuchó sin pestañear. Luego miró por las ventanas el círculo completo del cuadrante de la rosa náutica, el horizonte nítido, el cielo de diciembre sin una sola nube, las aguas navegables hasta siempre, y dijo:

- Sigamos derecho, derecho, derecho, otra vez hasta La Dorada.

Fermina Daza se estremeció, porque reconoció la antigua voz iluminada por la gracia del Espíritu Santo y miró al capitán: él era el destino. Pero el capitán no la vio porque estaba anonadado por el tremendo poder de inspiración de Florentino Ariza.

- ¿Lo dice en serio? – le preguntó.
- Desde que nací – dijo Florentino Ariza - , no he dicho una sola cosa que no sea en serio.

El capitán miró a Fermina Daza y vio en sus pestañas los primeros destellos de una escarcha invernal. Luego miró a Florentino Ariza, su dominio invencible, su amor impávido, y lo asustó la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites.

- ¿Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo? – le preguntó.

Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches.

- Toda la vida – dijo.”

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