El camino del caracol  

2/22/2015


El caracol se movía dejando el rastro de su baba por donde pasaba.
Caminaba lento, en silencio, en círculos, en vano.
No sabía donde se dirigía, ni por qué. Solo se desplazaba, llenando todo lo que tocaba de su viscosa huella.
Círculo, tras círculo, tras círculo, cada vez, se le hacía más difícil moverse, enredado en su propia pegajosidad.
Nunca aprendió, que son los espirales los que permiten ir a algún lado.

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Mezcolanza  

2/14/2015


Mezcolanza 
Los que están criticando a los que festejan San Valentín son aquellos que no tienen con quien festejarlo.
Los que son criticados, no leen las críticas, porque están a los besos por ahí.
Y hay muchos escépticos que van a sus camas a soñar con un amor
Y hay muchos creyentes que esta noche maldicen el haberse enamorado.

Después de todo San Valentín no era tan santo.
Antes que nada, se es valiente porque se ama.


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El acto final  

2/12/2015

El mago se colocó frente a la galera con gesto austero y ante el silencio expectante de ella, ensayó confiado un par de pases sobre la misma.
Movió la varita en círculos como miles de veces antes, y dijo: -abracadabra!. Golpeándola.
Acto seguido, la magia se desvaneció.


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Estrella fugaz  

2/11/2015


Como si supiera que llegaba, la mujer levantó la vista justo por donde ella apareció, descendiendo vertical, para cumplir el destino de los deseantes.
Otros astros
  también la observaban inmutables en su caída vertiginosa 
La estrella pudo leer su pensamiento en un efímero momento. Y solo vio un nombre...
Cerró los ojos astrales, imprimiéndolo en la memoria universal y los apretó para no olvidarlo...
La mujer en la tierra, sonreía.
La estrella brilló un poquito más, un instante antes de deshacerse en el infinito.Como asegurándole que no había sido en vano. 
Que el universo sabe. Y que fue oída.


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Encontrando el ritmo  

2/03/2015


Con la bici a toda velocidad, esquivando pozos, peatones. Intentando que los autos la esquivaran a ella, tomó Salta hasta Oroño y de allí derecho hasta chocar con el gigante marrón: el Paraná. Unas cuadras antes ya podía olerlo. Escuchaba coldplay y la ciudad se le antojaba como un contínuo videoclip con escenas al compás de lo que oía.
Frenó detrás de un corredor y le prestó atención. Músculos de gimnasio, remera en mano, un aparatito controlando los pulsos y un ritmo perfecto.
Prestó atención a los demás. La mayoría poseía esos cuerpos marmóreos, dignos descendientes de dioses y diosas griegos... Hasta transpirados eran perfectos.
Ella pedaleaba y hacía que no los veía (pero sí).
Por más lejos que fuera, por más duro que entrenara, la vida a ella no le había repartido ese tipo de cuerpo.
Semáforo en rojo. Se detuvo.
Con la mano se secó la transpiración de la frente. La humedad del ambiente no colaboraba...
Maldecía por dentro su suerte y hacía que no los veía (pero sí)
Los musculosos y las aspirantes a modelos (deberían serlo) trotaban en su lugar esperando el cambio de la luz del semáforo.
Ella levantó el pedal y se preparó para salir de la paradoja, alejarse de la perfección, para correr detrás de ella, a sabiendas que nunca la alcanzaría.
Fue cuando cruzó una camioneta. El que manejaba la miró fijo en unos segundos que sucedieron en cámara lenta y con la mano, le sopló un beso.
El semáforo cambió. Ella sonrió.
Dejó atrás a los musculosos y modelitos.
Y comenzó a pedalear a su propio ritmo, que es la mejor forma de andar.


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Ernesto Sábato  

4/30/2011


Sobre Héroes y Tumbas (extracto) - Ernesto Sábato (1911-2011)
"Siempre llevamos una máscara, una máscara que nunca es la misma sino que cambia para cada uno de los papeles que tenemos asignados en la vida: la del profesor, la del amante, la del intelectual, la del marido engañado, la del héroe, la del hermano cariñoso. Pero, ¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie, nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Acaso el carácter sagrado de ese instante se deba a que el hombre está entonces frente a la Divinidad, o por lo menos ante su propia e implacable conciencia. Y tal vez nadie perdone el ser sorprendido en esa última y esencial desnudez de su rostro, la más terrible y la más esencial de las desnudeces, porque muestra el alma sin defensa."

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Mal karma mañanero  

9/21/2010


Probablemente el reloj ya anunció el cambio de jornada. Y ella allí, inmersa en su mundo pequeñito, fascinada con una muñeca a la que un brazo le gira loco y cuyos ojos ya no abren.

Le hablaba amorosamente, como una madre a su hija. Yo con la vista cansada del resplandor del monitor, tecleaba mientras escuchaba los diálogos de sus juegos.

-Má, puedo comer caramelos?

La miré. Esta conversación la repetimos siempre, como funciones de una obra de teatro. Una exitosa, por cierto.

-No, y tenés que ir a acostarte. Es tarde.

Extrañamente obediente desaparece del living. La voz lejana repite la escena frente al padre. La obra tiene el mismo final.

Aparece con un caramelo gigante en la mano, producto de la cosecha de cumpleaños de esa tarde. Sonriendo, intentando simular la emoción de tener algo decidido y saberlo ganado antes de ejecutado evita mi mirada que la sigue por la habitación.

-Qué hacés con eso?

-Papá me dejó.

-Estás segura que te dejó?

-Sí.

Me admiré de su capacidad de mentir, pero el rol que me tocaba en este instante era otro.

-Decime la verdad. Papá te dejó comer ese caramelo?

-Sí.

-Mirá, sabés que está muy mal mentir. No tenés que hacerlo. Quiero que digas la verdad, porque si vos me mentís yo te saco ese caramelo y lo tiro a la basura. Así que pensalo. Papá te dejó comer eso?

Sin pestañear contestó: -Sí.

En ese instante todo un debate filosófico/moral se desató en mi interior. Es solo un dulce. Pero qué representaba si lo dejaba pasar? Qué avalaba si no cumplía lo que dije minutos antes?

Y por otro lado, cuántos dulces tuvieron que haberme quitado a lo largo de la vida a mí?...

Tranquila, aunque no convencida, le saqué el caramelo, fui hasta la cocina y lo arrojé a la basura.

Ella lloró y luego se acostó.

Me quedé hasta tarde esa noche. Las madrugadas suelen ser amigables conmigo. A la mañana siguiente, la sentí treparse de acolchados y frazadas, pasar por encima mío y saludarme con un beso estampado en la mejilla. 

-Hola amor.

Murmuré y sonreí ante el mimo.

-Hola má. Puedo comer el caramelo?

No otra vez, rogué en silencio mientras metía la cabeza bajo las sábanas.

-Daaaale má, me dejás comer el caramelo?

Los chicos suelen ser especialistas en horadar la paciencia y en conseguir sus objetivos mediante estudiadas técnicas de repetición y saturación.

Recordé mi conflicto interno del día anterior. Y volví a pensar en las mentiras propias, excusadas en mil razones validas para mí. Cómo podía ser juez? Cómo negarle ese dulce? 

-Dale comelo.

La oí renegar con el envoltorio y escuché la petición:

-Me lo abrís?

Lo agarré mientras mis pensamientos seguían disparándose en direcciones místicas ya, que incluían karma y destino.

Me puse el paquete en la boca y pegué un tirón para arrancarle la punta y que finalmente, pudiera comerlo. Abrí los ojos. 

En realidad creo que fue ese instante en el que desperté verdaderamente.

-More... Vos sacaste el caramelo de la basura?

Y ella, juro que con la voz más pequeñita, inocente, y semejante a la justicia divina que pudiera oír en este mundo, respondió:

-Sí.


 

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Gabriel García Márquez: Memoria de mis putas tristes  

9/15/2009


Gabriel García Márquez 

Memoria de mis putas tristes (fragmento)

" Gracias a ella me enfrenté por vez primera con mi ser natural mientras transcurrían mis noventa años. Descubrí que mi obsesión de que cada cosa estuviera en su puesto, cada asunto en su tiempo, cada palabra en su estilo, no era el premio merecido de una mente en orden, sino al contrario, todo un sistema de simulación inventado por mí para ocultar el desorden de mi naturaleza. Descubrí que no soy disciplinado por virtud, sino como reacción contra mi negligencia; que parezco generoso por encubrir mi mezquindad, que me paso de prudente por mal pensado, que soy conciliador para no sucumbir a mis cóleras reprimidas, que sólo soy puntual para que no se sepa cuán poco me importa el tiempo ajeno. Descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco. 

Me volví otro. Traté de releer los clásicos que me orientaron en la adolescencia, y no pude con ellos. Me sumergí en las letras románticas que repudié cuando mi madre quiso imponérmelas con mano dura, y por ellas tomé conciencia de que la fuerza invencible que ha impulsado al mundo no son los amores felices sino los contrariados. Cuando mis gustos en música hicieron crisis me descubrí atrasado y viejo, y abrí mi corazón a las delicias del azar.

Me pregunto cómo pude sucumbir en este vértigo perpetuo que yo mismo provocaba y temía. Flotaba entre nubes erráticas y hablaba conmigo mismo ante el espejo con la vana ilusión de averiguar quién soy. Era tal mi desvarío, que en una manifestación estudiantil con piedras y botellas, tuve que sacar fuerzas de flaqueza para no ponerme al frente con un letrero que consagrara mi verdad: Estoy loco de amor. "

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Despejando dudas de JW  

8/29/2009


Se conocieron en un bar.
Mal lugar para formar un futuro.
 
Él era de lo más simpático, un triste ganador.
Ella necesitaba una espalda ancha que acariciar...
Se miraron, se sonrieron.
Hablaron poco...
Rieron mucho...
Se fueron juntos al hotel.
 
A ella le llamó la atención el bulto en su saco.
él le mordió los labios...
 
Cayeron en la cama...
El dijo no poder seguir...
Ella preguntó por qué...
 
Él sonrió, se acercó al perchero...
 
De la prenda que colgaba allí sacó dos cosas...
 
La duda que ella tenia, el bulto...

Y la 32 que le voló los sesos a esa muerte por encargo.

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Lo que tenemos. Inventario  

7/04/2009


Ella lo miró con ojos que despedían cierto brillo que adoraba. La sonrisa dibujada en su rostro desbordaba, mientras él, la abrazaba y acariciaba su cabello desordenado después de amar.

La claridad de la mañana se deslizaba por las rendijas de la persiana iluminando su piel, mostrando el cuerpo relajado confundido con el suyo.

Sentía su presencia suave, tibia, estrechando a la propia, como un manto cálido, único e irrepetible

La plenitud de ese instante, lo obligó casi, a mover los labios y a soltar un te quiero, instintivo y real.

El obsequio de su sonrisa mutó con un rictus de tristeza. Y desviando la mirada llena de luz, en un susurro pronunció

-No me quieras, porque no podemos querernos, porque no tenemos nada...

Él amagó una mueca apenas, con el gesto de quien tiene las respuestas a un enigma imposible,  porque  estaba seguro que en esa cama, esa mañana, y entre sus brazos, lo tenía todo...

Inventario de Joaquín Sabina

Las cosas que me dices cuando callas,
Los pájaros que anidan en tus manos,
El hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
El tiempo que pasamos insultándonos,
El miedo a la vejez, los almanaques,
Los taxis que corrían despavoridos,
La dignidad perdida en cualquier parte,
El violinista loco, los abrigos,
Las lunas que he besado yo en tus ojos,
El denso olor a semen desbordado,
La historia que se mofa de nosotros,
Las bragas que olvidaste en el armario,
El espacio que ocupas en mi alma,
La muñeca salvada del incendio,
La locura acechando agazapada,
La batalla diaria entre dos cuerpos,
Mi habitación con su cartel de toros,
El llanto en las esquinas del olvido,
La ceniza que queda, los despojos,
El hijo que jamás hemos tenido,
El tiempo del dolor, los agujeros,
El gato que maullaba en el tejado,
El pasado ladrando como un perro,
El exilio, la dicha, los retratos,
La lluvia, el desamparo, los discursos,
Los papeles que nunca nos unieron,
La redención que busco entre tus muslos,
Tu nombre en la cubierta del cuaderno,
Tu modo de abrigarme el corazón,
La celda que ocupaste en una cárcel,
Mi barca a la deriva , mi canción,
El bramido del viento entre los árboles,
El silencio que esgrimes como un muro,
Tantas cosas hermosas que se han muerto,
El tiránico imperio del absurdo,
Los oscuros desvanes del deseo,
El padre que murió cuando eras niña,
El beso que se pudre en nuestros labios,
La cal de las paredes, la desidia,
La playa que habitaban los gusanos,
El naufragio de tantas certidumbres,
El derrumbe de dioses y de mitos,
La oscuridad en torno como un túnel,
La cama navegando en el vacío,
El desmoronamiento de la casa,
El sexo rescatándonos del tedio,
El grito quebrado, la madrugada,
El amor como un rito en torno al fuego,
El insomnio, la dicha, las colillas,
El arduo aprendizaje del respeto,
Las heridas que ya ni dios nos quita,
La mierda que arrastramos sin remedio,
Todo lo que nos dieron y quitaron,
Los años transcurridos tan deprisa,
El pan que compartimos, las caricias,
El peso que llevamos en las manos.



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Versatilidad  

6/22/2009


La breve deliberación nocturna llega a su fin, el desvencijado auto familiar ya no será necesario ante lo que resta del día, por lo que el rito diario de llevarlo hasta la cochera, distante unas tres cuadras, comienza inmediatamente.
El proceso de guardado incluye charla con el mecánico del taller del fondo. El estado de la cancha del pincha, la muerte de algún personaje mediático y las próximas elecciones son temas que pasan sin pena ni gloria mientras se consume mi cigarrillo.
- "Me voy Oscar, llego tarde a la reunión de consorcio"
Tal afirmación se fundamentaba en una desprolija hoja de papel que pude ver pegada en la pared al salir del conventillo.
- "Lesto, ah decile a la veterana del "C" que puedo medirle el aceite cuando quiera, je, je"
Sonrío torpemente cómplice y me subo el cierre de la campera, la humedad de la noche me obliga a levantar las solapas y, por alguna extraña razón, a encorvarme levemente, como si eso ayudara a combatir el frío otoñal. Empiezo a acortar la distancia que me separa de mi destino, y mirando el reloj a través de la luz de mercurio que se filtra por lo que queda de una otrora espesa arboleda, calculo que llegaré cuando ya se hayan resuelto algunas singulares rencillas entre vecinas y el administrador haya conseguido un razonable aumento en las expensas.
Al levantar la vista, unos segundos después y algunos metros adelante, una señora camina a paso firme desafiando el calamitoso estado de las veredas y observando con recelo la sombra de un extraño que a intervalos se proyecta en su cercanía. El característico sonido del zapato sobre la hojarasca le indica una proximidad incómoda y se aferra firmemente a su cartera mientras cae en la cuenta de que esta situación ya lleva dos cuadras interminables.
Mientras, unos pasos detrás pienso que en la próxima esquina ya deberé girar por lo que mi flamante estigma de sujeto peligroso se esfumará instantáneamente. Contra cualquier previsión, la acechada mujer cambia su curso en la misma esquina, tras la cual segundos después, aparecería implacable ese tipo sospechoso que supo ver por el rabillo del ojo, una vez más. Ya no había dudas, el resultado era aparentemente inevitable aunque una esperanza emergía entre las sombras de la noche, un grupo de gente se apiñaba al abrigo de la luz que asoma desde un estrecho pasillo. En un último intento por evadir la situación, la mujer se refugia en la escasa multitud y logro intuir que manifiesta las nefastas intenciones del sujeto que la persigue, el cual llegaría unos segundos después para sumarse a la reunión de consorcio que se desarrollaba en la vereda y saludar amablemente a los presentes ante la sorprendida mirada de la acosada mujer.
Disculpas de rigor, anécdotas de punguistas y bromas ad hoc terminan cuando, en tono grave, el administrador cierra el libro de actas dando por finalizado el debate, no sin antes exigir la firma de los presentes. La vecinas retornan al calor del tiro balanceado en compañía de diminutas mascotas que pelean entre sí mientras la atribulada señora ya casi no se distingue a través de la plomiza humedad en la distancia recorrida, quizás más tranquilamente, aunque no sin cierto recelo.

La puerta del pasillo se golpea tras de mí en un violento movimiento que evidencia la necesidad de regular el sistema mecánico de cierre, mientras pienso en la versatilidad del individuo promedio actual, teniendo en cuenta que de un paseo a guardar el auto, recorrí un camino como un deleznable ladrón y terminé como un honesto escribano.

De los versos del Capitán Jack

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Navegando a la cama  

3/07/2009


Se despierta y somnolienta salta la baranda de la cuna que ya le va quedando chica. Revisa la cama de sus hermanos, todavía sueñan con parques y caramelos, con ogros y monstruos que habitan el bosque de su imaginación.

Se restriega con el reverso de la mano las avellanas de ojos, más achinadas que de costumbre y se inclina espiando debajo de la cama para realizar un conteo de tesoros interesantes abandonados.

Un muñeco al que le falta una pierna, una zapatilla que conserva su moño como si fuera un regalo, un cuento abierto leído la noche anterior...

Estira su cuerpo y se arrastra alcanzando la zapatilla, busca la otra alrededor y se sienta inventando una forma de colocarlas.

Luego de una pequeña lucha se para victoriosa y se observa. Los pies parecen ir en botes acordonados. Arrastrándolos sale de la habitación. La ventana deja entrar un sol impío que lastima su vista amiga de la oscuridad hasta hace momentos.

Atraviesa rápido el comedor para evitarlo. Uno de los botes ruidosos hace agua en el camino. Retrocede y lo rescata para devolverlo a su lugar. Mira como se mueven los dedos, como resistiéndose y se rie divertida con una pequeña y sonora carcajada que nadie escucha.

Ve la puerta blanca, de madera, alta, altísima y empuja con todo el cuerpo. Ya lo ha hecho otras veces y no representa mayor problema. Se abre intempestivamente hasta golpear con la mesa de luz que hay cerca.

Ahí la ve, enredada en sábanas. Rendida y soñando al mar.

Ahí lo ve, abrazado a su almohada. Su cara relajada ajena a la realidad.

Todo es silencio, Nadie nota su diminuta presencia, entonces desembarca.

Se trepa por la mesa, la escala, pasa por encima del cuerpo de ella, que se mueve y le dice -hola mi amor, aunque (lo sabe bien), sigue dormida. 

Y se acomoda entre los dos, estirándose hacia un lado, alargándose hacia el otro, explorando, tanteando hasta atravesarlos como pulpo en un enredo de extremidades.

Ambos la abrazan. Ella sonríe complacida: otra guerra ganada.

Cierra los ojos y sueña un rato más.

.

Feliz cumple More. 

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Memorias del subsuelo de Fedor Dostoyevski  

3/06/2009

Muy buen fragmento de un texto que me regalaron esta mañana.

Acá lo leen completo:

http://www.librosgratisweb.com/html/dostoiewski-fedor/memorias-del-subsuelo/index.htm

I 

Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele. 
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos. 
Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré más todavía. 
Hace ya mucho tiempo que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de zaherir.) 
Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general, personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de mi juventud. 
Pero ¿saben ustedes, caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. 
Verdad es que después me morderé los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el sueño. Sí, así soy yo.

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INFORTUNIOS DE UN FESTEJO  

1/06/2009

Medito acerca de aquel día, e irremediablemente lo primero que llega a mi memoria son los datos climáticos de la jornada. Hacia calor. Mucho. Recuerdo que un grupo de amigos de la sala de chat estábamos invitados a la fiesta de cumpleaños de una de nuestras amigas, que había optado por un nick complejo pero a la vez descuartizable, Ellabruja68cerointeres, Ellabruja o simplemente Ella. Recuerdo que desperté de una rápida siesta que había decidido tomar para conciliar mi cansancio con mi propósito, y aun bajo los efectos somníferos de aquel mal sueño, me sumergí en el lavabo para mis tareas de aseo y prolijidad. Aun hoy recuerdo estar más mojado cuando terminé de secarme que cuando estaba bajo el efecto consolador de la regadera. La temperatura a esas horas de la tarde, las cuatro, era poco menos que insoportable. De buen tino hubiera empezado los preámbulos más tarde, pero el viaje hasta el lugar de encuentro, se me hacía largo y tortuoso, y nunca hubiera llegado a tiempo de no ser por la temprana decisión de prepararme.
Ajusté el nudo de mi corbata y el último de los botones insurgentes de mi pantalón a rayas, a cuarenta y dos grados y medio de temperatura. Tenía una larga travesía por recorrer, y mi instinto de navegador urbano me decía que no me iba a resultar sencillo hacerme del objetivo geográfico de la cita. Salí bajo el sol abrasador de enero a reconciliarme con el maltratado servicio público de transporte, que primero debía dejarme en la estación central y luego, tras caminar unas catorce cuadras, otro colectivo se suponía que me haría la gentileza de aproximarme a otras dieciocho cuadras de donde salen los vulgarmente llamados “media distancia”, que serian los encargados de llevarme por fin, a mi propósito final.
No se de que manera logré colgarme del pasamanos de la puerta del primer colectivo, pero así fue como viajé los cuarenta minutos hasta mi primer destino, flameando como una bandera de guerra en medio de un conflicto y no sabiendo a ciencia cierta si era mejor agarrarme para conservar la vida o la vestimenta de recién graduado. Lo único bueno que tuvo el viaje, fue que no pagué el boleto, aunque hubiera iniciado un juicio si en algún momento me lo hubieran demandado. Cuando llegué a la segunda parada, ya estaba irremediablemente ensopado adentro del lino y agotado más de la cuenta para ser el primer tramo de mi odisea.
El segundo viaje no me trato tan mal, pero desde que subí tuve que empezar a empujar hacia el fondo como si fuera un segunda línea de un equipo internacional de rugby, y de no haber sido por el enorme empeño que puse, no me hubiera bajado ocho cuadras después de donde debía hacerlo, sino muchas otras más. Caminé a desgano las ahora veintiséis que me separaban de la estación de media distancia, y cuando llegué, tuve que enfrentarme a la pregunta que me interrumpía a cada instante como un demonio en el oído: _sigo o me vuelvo?
Junte mis restos, pensando en que los colectivos con destino fuera de la ciudad eran mucho más confortables y saqué mi boleto para el próximo que partiera, sin darme cuenta que debía esperar unos cincuenta minutos, si no se registraba ningún atraso, bajo las inclemencias de un tinglado a prueba de nada, porque por supuesto, el último terminaba de partir hacía apenas algunos segundos. No solo me equivoqué en la suposición del talante del nuevo monstruo de hierro, destrozado hasta el alma por las inclemencias de los baches interurbanos y sin aire acondicionado, sino que también lo hice al revisar su número de línea, y lo dejé ir frente a mis narices como su fuera un bólido al infierno que nunca tomaría a mi edad. Remedié el error de la única manera en que lo podía hacer, frente a la ventanilla de lata de la empresa y frente a la impertinencia demoledora de la mujer que extendía los tickets: _Usted no debía haberse ido en el que se fue recién? 
Ya en viaje, no tan conforme pero si más cómodo por haber conseguido uno de los últimos asientos, me adormecí aun bajo el sonar incesante del motor diesel, que me tronaba en las sienes con un galope de rinoceronte, mientras un mar de sudores se movía sin rumbo por debajo de mi traje. Me dormí. Cuando el chofer le sonrió a mi pregunta, sabía sin que me dijera nada, que me había pasado de largo y nada poco. Creo que tuvo la caridad de decirme en kilómetros lo que tenía que retroceder a pie, para no exaltarme con el número, de haberlo dicho en cuadras ciudadanas. Caminé sin consuelo, por el borde de una ruta asfaltada a medias y cada vehículo que pasaba dejaba una estela de muerte, infame y maloliente, que se iba a morir de a poco a mis prendas de vestir.  
Por fin llegué al predio del barrio cerrado, circunscrito por unos álamos jóvenes, y con un promontorio de artillería al frente, donde una guardia celosa esperaba al acecho la llegada de las visitas ilustres. Ya era muy pasada la hora oficial de ingreso y los agentes de vigilancia me detuvieron en seco en el portal y me solicitaron los datos personales. Azorado, no atiné a decir otra cosa más que Troyano, mi nick, pero ese acto repentino de poca lucidez, me condenó a un prejuicio de los guardias, que nunca me encontraron en la lista con ese nombre, ni nunca escucharon mi nombre real, ni mis súplicas, porque nunca entendieron que había mencionado mi nick por una debilidad chatera y no porque tuviera una coartada para ingresar sin estar invitado. Pero ya era demasiado tarde y al único cartucho que tenía para ingresar, se le mojó la pólvora con el ruido del cerrojo que los guardias pusieron del otro lado de la verja.
Guiado por el olfato juvenil que todavía preservo y que siempre me ayudó a saltar ventanas sin errar de pieza, avancé en una búsqueda frenética que me hiciera posible encontrar algún flanco débil del alambrado olímpico que separaba el barrio privado, de lo que políticamente siempre se entendió como público, pero que nunca lo fue. El esfuerzo de la trepada y las púas del metal, habían logrado reducir mi semblante y mi ropa a un puñado de harapos. Cuando puse mi primer pié en tierra firme, dos bull dog con tamaños de terneros, se me presentaron a mis espaldas con sus hálitos sofocantes y sus caras de poca gentileza. Corrí desmesuradamente hasta un nogal de brazos abiertos y aún hoy no logro darme cuenta de que manera pude hacer la trepada atlética hasta la primera rama, separada del piso más de tres metros. Por fortuna, un mozo extraviado de la fiesta pasaba por ahí, y le pedí que me hiciera la amabilidad de traerme algo de comer, mientras vigilaba el predio, aduciendo ser de la empresa de vigilancia y explicándole como pude la rareza de mi puesto de observación. Muy diligente, me trajo unos lomos humeantes, y entonces, cuando vi el festejo de los perros a su alrededor, alcance a comprender que mi plan iba a ser poco menos que perfecto. Cuando el mozo se fue, arrojé la comida lejos del árbol que me había dado un abrigo de vida y bajé mientras las bestias se entretenían encarnizadamente con lo que bien podría haber sido un pedazo mío. Cuando asomé en el esquinero del jardín, la vi a mi amiga Galea, tiesa y coloquial, encaramada en una hamaca americana y abrazada al busto de un prócer ignoto que había logrado arrebatarle a un pedestal de las proximidades, con una botella de un espantoso líquido verde en la mano, cantando We Are The Champions, de Queen.
Sin poder salir del asombro, me salió al cruce el negroatorrante, calzado en unas polainas de ballet robadas del vestidor y ensayando unos pasos febriles de pericón, llevando a su lado el responsable del catering que se movía al garete intentando pretensiosamente convertirse en su compañerita de baile, mientras le arrojaba al aire unos frenéticos besos de enamorada.  
En el intento por quitarme de encima las imágenes desoladoras, comencé a buscar a la cumpleañera para que le diera un minuto de sosiego al vértigo de mis ojos, cuando la vislumbré a través de una de las tantas ventanas del caserón, alegre y voraz, subida a una silla donde había atado desnudo de manos y pies al saxofonista y bailándole un merengue de romance con la piel de un cocodrilo muerto al cuello, como un estandarte de felicidad eterna.
Aturdido, solo atiné buscar a Patri, para encontrar el páramo de tranquilidad que no tuve desde el momento en que me hice el nudo de la corbata, hacia ya más de nueve horas atrás. Pero finalmente ni ella pudo salvar mi noche. La encontré sumergida a medio cuerpo en la fuente principal, con un bonete de plumas y la cara encorsetada por el fantasma del alcohol, tirándole espuma loca a un monje de mármol que echaba un chorro indigno de agua por la boca. Saqué fuerzas de flaquezas para reponerme de los estragos, pero sucumbí al intento cuando la madre de Ella me confundió con un bailarín mulato de salsa, que esperan desde hacía rato, e intentó llevarme a fuerza de cotillón al medio de la pista para que diera muestras de mi instinto caribe. Volví como pude sobre mis pasos, sin omitir arrancarle a la mesa servida algo que llevar para la nueva coartada canina. Pero un dramático error de cálculo me salió al paso cuando tuve que volver a enfrentar a los mastines del infierno. Los sándwichs que había logrado arrebatar para mi propósito, eran simples de lechuga, así que solo dispuse de algunos segundos que eran los segundos del pánico, en que demorarían olfatear el maltrecho anzuelo, antes de empezar la nueva cacería. 

Llegué a mi casa cerca de las siete de la mañana, con un sol inclemente y un estado nauseabundo como nunca tuve en mis históricas borracheras. Al otro fin de semana, me volvieron a invitar a una fiesta de cumpleaños, pero directamente pedí mis disculpas por anticipado, no tenía ganas de ir...

by Troyano

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QUEJAS DE BANDONEÓN  

12/31/2008


Ese año no había sido especialmente bueno, tampoco malo, para la mayoría de la gente.

Subieron los impuestos, boca salió campeón, un escándalo obligó a un diputado renunciar mientras juraba su inocencia.

El del 8vo engañaba a su mujer, la estrellita de moda se casaba, la portera (como años anteriores) lo miraba como si fuera un pervertido...

Para la mayoría, solo pasaron cosas.

No comprendía por qué todos actuaban como si el cambio de almanaque fuera a traer eso que tanto repetían en cursis tarjetas por estos días.

Paz? Amor?

La paz había terminado el día en que ella se fue, el amor, temía,  estaba perdido desde antes...

Miró el reloj en la pared, -Falta poco para las 12 -calculó y suspiró mirando sus zapatos de cuero negros relucientes comprados el día anterior, en cuotas.

Por la ventana el reflejo de fuegos de artificio tempraneros iluminaban su rostro vacío de expresión.

Sonaba un tango en el pasillo del edificio. Algún solitario caníbal como él, desafiando la fecha con quejas de bandoneón, pensó.

10!... 9!...

Gritaban en la calle. Y él recordó una vez más, sus ojos rasgados atravesándole el alma como afiladas cuchillas de acero templado. Maldijo el no poder dejar de amarla ni siquiera en este momento en que el cuerpo le exigía extraviarla de su memoria.

8!... 7!...

El ascensor inició su recorrido desde la planta baja. Y escuchó la puerta abriéndose en un piso ajeno, las voces perdiéndose en saludos de última hora.

Tantas veces la había adivinado llegando, los pasos pequeños y apurados, el ruido de la llave girando en la puerta... y no fue capaz de intuir el camino inverso. 

6!... 5!...

Los acordes se aceleraban y también su corazón lleno de alcohol y recuerdos. De ella recibiéndolo, dócil, mansa, para cumplir la metamorfosis generada por el deseo y convertirse en la fiera que mordía su boca cn furia y arañaba su espalda marcando infinitos caminos...

4!... 3!...

Apuró el trago y dejó el vaso sobre la mesa ratona al lado del sofá. Tomó el arma con toda la tranquilidad del mundo, del que tiene la certeza de lo inevitable. 

2!... 1!...

-Feliz año. -masculló con la boca pastosa, amarga. Cerró los ojos aferrándose a un último beso y apuntó a su sien.

El sonido se mezcló con los ruidos de la noche y la sangre con el tapizado aterciopelado.

Lejos. Una mujer levanta su copa... Y llora ausencia, mientras escucha los acordes de un tango que ya termina.

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I WANNA HOLD YOUR HAND  

11/17/2008


Él caminaba delante suyo. Y ella no podía dejar de observarlo ni por un instante. El cabello oscuro, el cuello, la espalda que tantas veces recorriera, su contoneo al andar...

Se apropiaba con la vista de cada célula de ese ser. Conocía su piel desde hacía unos tres años atrás, pero religiosamente y como si fuera un descubrimiento, lo devoraba con la mirada cada vez que cruzaban ese patio de mosaicos rojos y helechos contra las paredes.

Siempre supo que él no sería un cliente más. Hubo un instante, de muchos otros instantes especiales, que se repetía y que le dieron la señal, la certeza, de que sería diferente.

La primera vez que estuvieron juntos, una mañana (no recordaba bien que día), cuando ella esperaba una transacción comercial y él un poco de calma...  Cuando se unieron, mecánicamente ella, torpemente él, cuando los juegos terminaron, cuando la piel transpirada pedía reposo, él se había acercado desde atrás y le había dejado un beso suave en su hombro. Luego la abrazó.

Y fue como si hubiera tocado un punto mágico, un caudal de sensaciones íntimas derraparon en su piel. Las defensas construídas, las máscaras acumuladas por el tiempo y por el dolor, cayeron sin que pudiera hacer nada al respecto. Y así quedó, desnuda el alma, recibiendo ese abrazo, sintiendo, como hacía tiempo no se permitía.

A partir de ese hecho, cada semana esperó ansiosa la visita de su cliente. Aunque cliente era una palabra formal, entregaba más que el cuerpo en esas sábanas.

Bien podría haberle pagado con besos, arvejas o dulces, siempre terminaba el encuentro con una sonrisa que le duraría hasta asomar la luna, con un suspiro y con la impaciencia contando como condenado, los días que mediaban hasta la próxima vez.

Conocía su historia casi sin filtros. Como a muchos, a él le gustaba hablar. Tenía mujer, hijos, un trabajo agobiante, rutina, deudas, soledad y ganas de volar...

Y ella utilizaba su experiencia, la sabiduría de todos los hombres que le hablaron antes, su intuición y le regalaba las mejores palabras, mientras con ternura lo miraba y acariciaba su cabello.

Un gesto la alertó y le hizo abrir los ojos en forma desmedida. De reojo casi, él estiró la mano abierta en su dirección, ofreciéndola en un gesto cariñoso.

Apuró el par de pasos que mediaban entre ellos y sin dudarlo, entrelazó sus dedos, colgándose feliz.

Así, jugando a ser pareja, recorrieron los pocos metros de esa galería hasta la habitación que cada semana los esperaba.

 Al abrir la puerta, lo detuvo. Con la mano libre, tomó su cara, lo miró a los ojos y le dió el más precioso de los besos, apretando con fuerza la mano que los unía, intentando retener ese instante...

Dentro, los esperaba la cama sencilla de madera oscura y sábanas blancas, el acolchado bordó, y el espejo en la pared, reflejando esta vez, a una mujer de ojos vidriosos, perdidos, con un arma lista para matar.

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AYER  

11/06/2008


Ayer, llegué a mi casa cerca de las dos de la mañana, horario razonable para un noctámbulo como yo. Para mi desdicha, el portero que atiende mi cochera todas las noches, y que se encarga fatigosamente de abrirme y cerrarme el portón _siempre prolijamente cerrado_ no se encontraba, y en su reemplazo, había una persona a quien yo, sin demasiados atributos, lo di en llamar “el dormilón”. Luego de algunas palmas moderadas, intentando no despertar a todo el vecindario, y tras quince minutos de espera, apareció la figura chinesca de este personaje, desperezándose, tal y cual yo tuviera todo el día para esperarlo, y entre una suerte de gemidos y bostezos, profirió un chiste que hubiera querido no escuchar, me dijo –estas son horas de llegar…??
Hice caso omiso al comentario, guardé mi coche y cuando salí, aún con ganas de amargarme la noche, me dijo –que descanse!!, a lo que contesté –no creo que ni a propósito, logre conciliar el profundo sueño que este establecimiento provoca en sus empleados (creo que no me entendió).
Subí y me dispuse al aseo previo al descanso, aseo que realizo más por tozudez que por hábito, de buena gana me tiraría a dormir con todo lo que llevo puesto.
En el baño, al lado de la jabonera que lo único que conservaba del producto para el que esta fabricada, eran unos deshilachados pedazos que pendían de sus bordes, estaba la pasta dental, o mejor dicho, el envase de pasta dental, arrugado, como hacia días, mirándome con esos ojos de reemplazo. A duras penas y algunas dentelladas, logré sacarle casi el alma, compuesta de algún gramo de esa blanca sustancia de la que iba en procura, un poco de plástico de la tapa retorcido por mis molares y algún rasgo de pintura del isotipo de la marca, que había claudicado en esa desigual lucha.
A las dos y algunos minutos, caí maltrecho en mis aposentos, y a las tres en punto, me levante pensando en el motivo de esa perturbación que no me dejaba conciliar el sueño. Lo hallé rápidamente, tenía hambre. Sin más trámite, me dirigí a la cocina, abrí la alacena y sin mediar demasiado estudio, tomé la decisión. Como dice mi madre, un colchón de “alberjas” es rápido de suculento.
Encendí un cigarro para que me acompañe en la cocción, saqué hacendosamente la lata de arvejas, otra de atún en aceite, para darle un corte mediterráneo, o para comer algo más de otra cosa, como prefiera el lector. Me procure el sartén que puse a fuego moderado y el aceite que aún en minúscula cantidad, intente que cubriera toda la superficie metálica.
Cuando me dispuse a abrir las latas de conservas (primero arremetí contra la de atún), mi abrelatas se despedazo “mágicamente”. Antes de recurrir al destornillador philip, desvencije un cuchillo tramontina, en una suerte de verificación de utilidades.
Perfore la lata con el destornillador, solo en un lugar, para que llegado el caso pudiera alegar que lo había hecho en “defensa propia”. Un hilo importante de aceite, encontró al instante del estallido metálico, su destino final en mi bóxer. A destajo, fui metiendo un tramontina (otro), de modo de palanquear y abrir de la forma mas estéril posible, lo mas que pudiera del borde de esa jaula circular de peces muertos.
Antes de que le llegara el turno a las arvejas, mi exquisito olfato me alerto de que algo andaba mal, a escasos quince centímetros míos, el sartén, estaba casi en llamas.
Bote la lata dentro de la pileta, y me dedique a ver cual era el modo mas seguro, de retirar ese utensilio de cocción antes de que se derrita sin causa. La limpieza, me demando unos quince minutos, que yo, en mi carácter de autodidacta, los agregue al recetario, debajo de la frase que reza “este es un plato sencillo”, agregando, “sencillo, si ud tiene abrelatas y no olvida nada en el fuego”.
A esta altura, mi cigarro ya había dejado su impronta sobre la mesa, inquieto de permanecer en sus cauces, sobre el cenicero en que le había dejado.
Antes de volver a poner el sartén en el fuego, me procuré tener la segunda pieza de resistencia completamente abierta, recién ahí, volví cuidadosamente a impregnar de una suave capa de aceite y poner nuevamente a fuego lento.
Saqué de la heladera, una caja de cartón, que antes de abrir supuse que contenía huevos de gallinas, pero que a la vista, era impensado que una gallina pudiera poner huevos tan pequeños. Busqué, con la meticulosidad propia de un agente secreto, la palabra codorniz en el envase, pero finalmente, debí aceptar, que el chino titular del almacén de mi barrio, no tiene por que conocer las generosidades de nuestros productos avícolas.
Vertí el contenido de arvejas en el sartén, separé tres productos para cascarlos dentro, y fui haciendo la operación con cuidado de que nada volviera nuevamente a privarme de mi cometido. El tercer huevo, estaba podrido.
Junté fuerzas de flaquezas, y recomencé toda la operación de nuevo, al fin y al cabo, el atún aún estaba intacto.
Mientras ardían, ahora si, huevos y arvejas, destiné unos segundos en agregar al libro de cocina, detrás de mi ultima acotación “….y si ningún huevo está podrido”.
Por fin, el plato lucía verdaderamente como un manjar, crocante y vistoso, hasta que eché la lata de atún, última operación gastronómica que quedaba por hacer, omitiendo quitarle el aceite, tarea que me había quedado relegada después de los casi infartantes sucesos que he relatado.
Finalmente, aunque aceitoso, devoré el plato harto placenteramente, a eso de las cuatro y cuarenta de la madrugada y con un sopor, que me desvanecía.

Antes de llegar a mi habitación, volví al baño, encendí la luz, miré el mutilado envase dentífrico, apague la luz, me acosté sin cepillarme la dentadura y concilie rápidamente el sueño.

by Troyano

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EL DUELO O LA REFUTACIÓN DEL HORÓSCOPO DE ALEJANDRO DOLINA  

9/29/2008



El duelo o la refutación del horóscopo

Los dos hombres nacen el mismo día, a la misma hora. Sus vidas no se cruzan 
hasta que son enamorados por la misma mujer. Entonces se encuentran y pelean por 
ella. Uno de ellos obtiene la victoria y el amor. Al otro le corresponde el 
dolor, la humillación y quizá la muerte. Los astrólogos han previsto ese día el 
mismo horóscopo para los dos. Tal vez son erróneos los vaticinios. 
O tal vez se equivoca uno al pensar que el amor y la muerte son destinos distintos.

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BACKSTAGE DE UN MILAGRO MENOR DE HERNÁN CASCIARI  

8/11/2008

Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.

La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a todo el mundo de su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque necesita quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se desploma en el mismo sillón donde dos días antes murió su esposo, que también era mi padre. 

Es la noche del once de julio, hoy hace un mes. Por primera vez en cuarenta años, esta mujer cierra la puerta de su casa sin que dentro viva nadie más.

El truco comienza en este párrafo, porque a diez kilómetros, por la ruta cinco, van en coche mi hermana, su marido y sus hijos, de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie habla, porque ha sido un día muy triste y después una noche muy larga. 

Una chica de once años, que se llama Manuela y es mi sobrina, se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino; saca de su mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie le presta atención.

Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.

Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.

Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis sobrinos observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que parece real. El hermano pregunta: 

—¿De dónde lo sacaste? 

Manuela no le responde y se queda mirando por la ventana. El hermano insiste: 

—¿Es un teléfono de verdad? 

Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja para que sus padres no la escuchen: 

—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.

Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales: en la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de barítono. 

La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que tuvo al no haber informado sobre su muerte, tan repentina y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para desahogarse. 

Ella sabe que gritar ¡por qué no me avisaste! no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia.

Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a conversar en silencio, sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la mujer es inexperta y le habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en realidad. Ya no le grita: de a poco la escena se convierte en una conversación típica del matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio. 

—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas, calladito.

En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha vergüenza: 

—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora? 

Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no quiso:

—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró. 

Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe. 

El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto. 

—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando el sillón vacío.

No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar a nadie. 

La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal; le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero sobre todo al revés. 

Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta kilómetros de allí: 

—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se queda dormida.

Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta un satélite, cómo rebota la frecuencia y se convierte en bytes. Veamos la escena desde todos los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro posible, que todo tiene la lógica del tiempo y del espacio.

Mientras las palabras de su nieta viajan en medio de la noche, la mujer sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo resultará un muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendente, porque no aparece. Supone que le costará corporeizarse y dejarse ver. Y así se lo dice: 

—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después de muerto, yo sé que te da vergüenza, pero tenés que hacer un esfuerzo. Vos…

Entonces suena, en la casa vacía, el celular de la mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas: 

ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO
La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el coche. 

—No estés triste, descansá. 

Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos muy abiertos.

Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y descansa.

Al día siguiente ocurren otras cosas. No todas son maravillosas, pero tampoco todas son horribles.

La historia acaba así, no hay nada más. Podría haber explicado el cuento omitiendo las escenas del coche, y habría salido una historia más o menos prodigiosa, con una viuda que pide una señal y un marido muerto que le responde. Pero no fue así. Conté las cosas como fueron, con el backstage incluido, porque las anécdotas son mejores cuando no tienen nada del otro mundo.



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TODO  

7/13/2008


-Dáme lo que tengas  -dijo amenazante.

Y toqué los bolsillos vacíos de mi abrigo.

-No tengo todo el día, apuráte -ordenó.

Y volví a tocar. A revisar los mismos bolsillos, sabiendo la respuesta de antemano

-No tengo nada

-Dáme o te quemo.

Creo que no podía escucharme, o entenderme.

-No tengo nada.

Insistí con la mirada de lo obvio.

-Me jodés? Querés ver lo que les pasa a los que me joden?

Me pregunté que les pasaría a los que lo molestan. O en todo caso por qué habría de interesarme.

De hecho, no lo conocía, y acá estábamos, frente a frente: él  nervioso, exasperado, exigiendo, gritando, y yo, en una especie de calma surrealista, que me hacía mirarlo fijamente sin comprender demasiado qué pretendía.

Después de todo, los bolsillos estaban vacíos...

Creo que fueron dos los disparos. Lo cierto es que el dolor me dobló. Al tocarme el pecho sentí una humedad caliente inundando todo. No miré. No pude.

Caí de espaldas y ya no sentí más exigencias.

Solo vi el cielo brillante. Tanto, que me quemó la vista. Luminoso como las tres sonrisas, Y los ojitos que las acompañan. Qué urgencia de abrazarlos...

Recordé besos de despedida, de ternura y de pasión, Caricias, amores, amigos, experiencias, conocidos, afectos, el café por la mañana, los mates compartidos, tiempo juntos, más amor, los juegos, abrazos, la infancia, el mar...  

Es extraño. Los colores parecen apagarse, los sonidos no llegan, pero no importa, estoy bien.

Exhalo un último suspiro

Sé que le dije: no tengo nada...

Y ciertamente, mentí.

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